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jueves, 22 de abril de 2021
domingo, 18 de abril de 2021
María Sarkis Yazbek Murad Murad de Murad - EL RETORNO
Comenzaba
un nuevo capítulo, de una heroína anónima en una guerra que la enfrentó y a la
que aprendió a transitar, sortear y padecer. La guerra envolvió al mundo con un
manto oscuro, de tinieblas y polvo, de sangre y desmembró lo que la creación
había desarrollado como humanidad.
Tomando
coraje se desconecta de esa maraña de temores que la mantenía presa, como a los
otros y se lanza a rodar por algunos senderos conocidos y otros no tanto, para proveer,
aunque más no sea, parte de lo que su entorno necesitaba y día a día se tornaba
más escaso, por el egoísmo de los especuladores que acaparaban o los mandados a
distribuir que haciendo uso de ese poder, comerciaban, enriqueciendo sus arcas
a costilla de la hambruna del pueblo. Vivió y vio hasta lo que nunca hubiera imaginado.
Hizo lo que ninguna mujer haría en esos tiempos y todo con el solo objetivo de
sobrevivir en medio de una locura que la excedía, pero la obligaba sin consentimiento
a ser protagonista, a actuar como pudiera. Fue la autodidactica de su propio camino.
Mutó en su comportamiento para favorecerse, se escabulló, comerció, aprendió cuan
loable puede ser un comportamiento y cuan perverso y egoísta. Se enfrentó a la difamación
de sus pares y al reconocimiento y respeto de los hombres. Fue humilde pero orgulloso
ejemplo de honestidad y comportamiento moral. Una luchadora incansable por la
justicia. ¿Quiénes eran para señalarla? ¿por qué soportar ser prejuzgada? Es que
para la mayoría su comportamiento escapaba a los cánones de una mujer, al
sometimiento y la obediencia, era en esos momentos en los que estaba desconectada
de la máquina, donde recogía en su camino, pedazos sueltos de libertad, para
alimentar sus fuerzas, pero también era presa y sabía que si no volvía a
conectar, el descontrol podría tornarse inmanejable, y tenía claro que su
finitud no podría lidiar con esa fuerza, solo aprovechaba esos planos para tejer
su sabiduría y destejer sus fantasmas.
El
tiempo transcurría dejando huellas imborrables en su corazón, en su personalidad
y en su piel cada vez mas curtida. Los años fueron pasando y el llamado no
llegaba, pero no impidió que desterrara mitos y fantasmas, no se paralizó ante la
impotencia y el sufrimiento, ante la desazón y el mandato. Repito. Aprendió a
transgredir sin que esto significara deshonra, superó los prejuicios y enfrentó
calumnias, no para justificar sus hechos, sino para enseñar su capacidad de batallar
ante tal adversidad. ¿Cual? La de ser mujer.
Como
muchas tuvo que escoger entre vivir una existencia de mujer, con sus alegrías, cotidianeidad,
etc., y vivir una existencia de hombre, a sabiendas que, durante generaciones,
esa elección ha sido cruel y muy costosa. Las religiones asumen que la mujer es
inferior al hombre y es la principal promotora para que ellas acepten como algo
deseable la virginidad, el matrimonio, la heterosexualidad obligatoria, la
reproducción y el maltrato por parte del marido, así como la prohibición del
aborto y el divorcio. Todo un combo aberrante que aun hoy cuesta deconstruir en
su totalidad. Violencia extrema y más violencia. Ella mitigaba ese estatus,
cuando en ese preciso giro, la falla de la máquina liberaba su flujo, volviendo
a conectarla con la realidad, pequeños momentos, pero suficientes para la finitud
de una vida, necesarios para no vivir un tiempo en el que no dejarían leer su historia.
lunes, 12 de abril de 2021
30 SEGUNDOS - LA DESPEDIDA DE UNO ENTRE MILES DE COMPATRIOTAS
La realidad en carne viva de la Covid19
Lunes 12 de abril.
Hospital Italiano.
Cama 1216... zona de trinchera.
“30 segundos”
Busco dejar algo de lo aprendido en estos días de aislamiento, búsqueda de aire, revisión de sentido bajo la pandemia. Algo. Lo que pueda.
Mientras me enfermaba el Covid encontré algo en estas salas, en estos corredores, en la mirada de estas gentes.
Una cultura.
Un pathos.
Una emocionalidad antigua. Comprometida. Algo yaciendo silente, a la par de la ciencia y la tecnología.
Una cultura.
¿Qué significa descubrir una cultura en el Hospital Italiano en medio de un ataque como este?
Mucho.
Significa, contra lo que podría pensarse, que no es el resultado de muchísimas personas. Con roles marcados, tecnicaturas, profesiones, saberes, tecnologías, destrezas.
No. No es sólo eso. Es una matriz acogedora, extraordinariamente cálida y vivificante.
No es una nave científica que va a Marte. No. Esta va a la región más desolada de tu cerebro. Al caldo primordial de donde alguna vez nos arrastramos sin conciencia. Al lugar desde donde nos asusta el final del Covid llevándose nuestro aire.
Va al lado oscuro de tu cerebro para transformarse en una llamita con algo de calor y luz. Una cultura.
Me caí desmayado por la falta de aire y la desesperación y me encontré entrampado entre los muebles de la sala donde terminé. Donde me estrellé en la caída.
Unas manitas de enfermera tiraban de mí, Bibi.
Cuando crees que ya perdiste todo escuchas el braceo enérgico de la que podría ser hasta tu hija llegando a vos.
Braceando como pudo me alcanzó. Me abracé a ella y me di cuenta de que no estaba en un páramo sin vuelta atrás.
Entre todas me acostaron, me calmaron, me dieron su aire.
Una matriz regenerativa que es la que ayuda. Un supraorganismo como un micelio gigante que sustenta, sin que nadie lo vea exactamente, los bosques que lo acompañan.
Una cultura.
Llegué dispuesto a evitar prolongaciones que arañen dos meses más de sobrevida a costa de desesperación.
No rasguñar las piedras para mí.
Bernardo y otros médicos me escucharon. Luego me pusieron una mano en el hombro y se hicieron cargo de mí. No tengo hermanos. Esto ha sido lo más próximo que he descubierto de esa relación.
Me protegió. Llamó todos los días a mi hija que amo y la contuvo. Le explicó. La protegió.
No hay palabras. Es la matriz que regenera. La que de alguna manera cargamos los sapiens cuando nos fuimos de África. Nuestra estrategia. No preguntes por quién doblan las campanas, ya sabemos, suenan por vos y por mí, hermano.
Tuve que partir al servicio de terapia intermedia. Estaba inquieto. Aparecieron kinesiólogos, médicos, enfermeros. El mismo espíritu. Las médicas llamando a mi hija y ayudándola mientras ella me ayudaba a mí.
La matriz regenerativa y matriarcal de la viejísima Europa. Cuando los pueblos como Huyuk no tenían murallas. Los matriarcados de miles de años atrás, que sostenían la cultura. Cuando las culturas matriarcales no habían sido barridas por los caballos de la edad del hierro.
Y de pronto... las manitas de Bibi, el desborde humanista y contenedor de Bernardo, la dulzura de la kinesióloga, la gente que te ayuda de todas las formas porque son una cultura que dice que sos valioso. Seguramente es cierto. Pero es porque te quieren desde lo más básicamente humano.
Una cultura regenerativa que también alcanza a los varones.
Todavía no se como saldré. Y no me preocupa tanto. Y dicho con humildad. En serio. Saldré con paz y con cariño. Está muy bien. Tengo 75 años. ¡Carpe diem para nosotros todavía!
Con estos pensamientos rondando desde hace unos años, muchas veces, me pregunté cómo quería mi salida.
Sólo quiero 30 segundos lúcidos. Para poder evocar a los que quise sin que llegue a atraparme la melancolía.
Me iré bien. Este hospital y su gente estará también en esos 30 segundos. Gracias, gracias, gracias.
Hugo Adolfo Míguez
Hugo Adolfo Míguez, experto en epidemiología psiquiátrica, investigador del Conicet, docente y consultor en temas de adicciones, dejó su testimonio desde la terapia intensiva
sábado, 13 de marzo de 2021
Proyecto Ongaro - resultados
jueves, 11 de marzo de 2021
miércoles, 10 de marzo de 2021
María Sarkis Yazbek Murad Murad de Murad - LA PARTIDA
La
partida.
Vivían
en Tannurín, con la familia, con quien compartían tierras a las que habían dividido
según quien las había sembrado y Jorge junto a María tenía las suyas trabajadas,
productivas.
Ya
habían transcurrido dos años y algo más (una hija de esa edad y otro en camino),
cuando la noticia volvería a sorprenderla. Él partía a América donde estaba un primo
que había migrado hacía unos años. Era evidente que los silencios hacían un uso
abusivo de los tiempos, haciéndose eco de los mandatos patriarcales, de eso que
se habla y resuelve entre hombre, a espaldas de mujer alguna, a no ser que ésta
sea la madre o quien por estirpe o clase ejerza un poder superior, pero no es
este ninguno de tales casos y como tal corría la suerte del común de las mujeres,
ser las informadas a decisión tomada, sin importar contexto alguno ni situación
alguna, recrudecía esa diferencia a la que ponía de manifiesto un par de
ovarios, que se harían cargo de la peor parte de una decisión a la que no se la
había convocado a tomar, una manipulación del género enrostrando una pregunta
que, aun hoy muchos no saben enfrentar, un derecho negado a manifestar, una
pregunta ignorada y un mandamiento reafirmado sin saber a qué sagrado o
perverso precepto responde, repetido en base a la costumbre aunque
desconociendo al creador, una conjunción entre un patriarca, príncipe o sultán depositante
de un designio sagrado de dios, sea este de cualquiera de las tantas religiones
cohabitantes del oriente próximo.
Esa
noche, el cielo con su manto tachonado de estrellas dejó pasar al amanecer cuya
luz reflejaba y resplandecía en las tranquilas aguas, donde el barco se pone en
movimiento, corría el año 1913 y ya presiente que no volverá a contemplar ese
paisaje encantador donde se complació la naturaleza en verter todas sus galas,
pequeñas aldeas, pueblos y caseríos que coronan los montes, musulmanes chiíta libaneses
y beduinos, drusos y maronitas, griegos y turcos, mujeres enmascaradas que caminaran
junto a él como fantasmas de un sueño, que han fijado la atención en este
viajero para olvidarlo después, quien guardará siempre en un rincón de su memoria
ese recuerdo, con el recuerdo de sus impresiones, y como él, eran muchos los “paisanos”
que se embarcaban arriesgando, aventurando mudarse a otras tierras lejanas, con
la ilusión de forjar un porvenir venturoso, esperanzados también en poder profesar
su religión libremente, no ser perseguidos por sus ideales políticos. En este
caso la aventura, el deseo de crecer y el llamado de su primo y amigo fueron
los motivos. Partió con promesas, con augurios, dejándola a ella con la seguridad
necesarias para esperar el llamado. Seguridad que duró el tiempo que tardó en
ver perderse su figura en el recodo de camino. Su familia política le enseñó la
cara de la hipocresía, se la enrostró de la manera más cruda, la expulso mostrando
la miseria más violenta ante una mujer sola, con una hija y un embarazo pronto
a parir. Sintió el destierro en su propia tierra. Pero su fortaleza volvió a darle
muestras del poder que tenía. Volvió a partir sin nada, comenzaba un nuevo capítulo
de incertidumbres, de promesas incumplidas, de traiciones, de volver desterrada
a su familia, de sentir la soledad sometida a la obediencia, a la palabra, al
deber, sentía como que el “destino”, borraba con el codo lo que había escrito
con la mano, como que un giro matemático olvidó un “x i” y generó una falla que
volvió ciertos estados, aunque sin poder retrotraer modificaciones. Estaba en familia,
pero sola. Sacó fuerzas, resurgió de ese estado de incertidumbre y tomó las
riendas de su vida, si es que esa metáfora no es demasiado pretenciosa o exagerada
para el momento y contexto, convirtiéndose en una mujer acorazada en sus ovarios
templada por su orgullo de madre, de hija y luego de esposa.
Haciendo
un paréntesis, sin querer que sea disruptivo, pero ejemplificador, puedo recordar
como su hijo argentino, repite esos sentimientos de amor a sus hijos, luego a
su madre y después a su esposa. Interesante. Un material más a deconstruir… sin
querer ser grosero he de recordar que “La historia se repite primero como
tragedia y después como farsa”.


















